Este cómico llamamiento al pueblo mexicano, hecho por el incipiente sátrapa, recuerda el de otro mandarín mexicano, el traidor Santa Ana, que acostumbraba poner al pie de todas sus bombásticas proclamas y cartas: “Patria y Libertad!” En el famoso Plan de Tuxtepec reformado en Palo Blanco, (21 de Marzo 1876) proclama Porfirio Díaz, bajo su firma: “Art. 20. Tendrán el mismo carácter de ley suprema la NO-REELECCIÓN del Presidente de la República y Gobernadores de los Estados, mientras se consigue elevar este principio al rango de reforma constitucional, por los medios legales establecidos por la Constitución.”

El 16 de Sept. de 1879 hizo el Presidente Díaz ante el Congreso la siguiente declaración:

“No es la oportunidad de que el ejecutivo exprese su juicio sobre esa materia; pero sí debo hacer ante el Congreso la solemne protesta de que jamás admitiré una candidatura de reelección aun cuando ésta no fuere prohibida por nuestro código, pues que siempre acataré el principio de donde emanó la Revolución iniciada en Tuxtepec.”[9]

Cada cuatro años, poco más ó menos, el viejo zorro Porfirio Díaz ordena á sus sicofantes que esparzan el rumor de que el Presidente va á renunciar al poder, de que está cansado y viejo, que desea retirarse á la vida privada.

Entonces muchedumbres de sus amigos, “los Amigos Amistosos de la Amistad” de un modo oficial ó extra oficial, comienzan sus peregrinaciones á Chapultepec, ó al Palacio Nacional y le ruegan rendidamente que permanezca por otro período más, siempre para bien del país; y el viejo socarrón, con lágrimas de gratitud, se sacrifica resignadamente, porque así lo quiere la nación. “Cuando un gobernante dice: quiero dejar el poder, pero si la nación me exige nuevos sacrificios, continuaré sacrificándome”, debe entenderse: “no tengo el menor deseo de dejar el poder y los interesados en que no lo deje deben tomar, aun cuando sea ridículamente, el nombre de la nación, para que ésta me ruegue que no la abandone. Esta copla ha sido recitada en todos los siglos, en todos los planetas, en todas las naciones, por todos los ambiciosos, y ha servido para millones de chistes en sainetes, zarzuelas, y periódicos bufos.”[10]

Cuando se aproximaba la elección presidencial de 1876, el siempre listo Porfirio inició otra revolución.

Unos de los puntos de acusación de los revolucionarios contra el Gobierno, fué: “que el sufragio público se ha convertido en una farsa, pues el presidente y sus amigos por todos los medios reprobados hacen llegar á los puestos públicos á los que llaman sus ‘Candidatos Oficiales’, rechazando á todo ciudadano independiente.”[11]

Los revolucionarios no aguardaron á que concluyese el período de Lerdo, el que terminaba el 30 de Nov. de 1876.

El Gen. Díaz reunió 5,000 hombres y tuvo un encuentro con el Gen. Alatorre, que mandaba 3,000 hombres, cerca de la hacienda de Tecoac. La batalla estaba empatada, porque ambos generales se tenían un miedo recíproco.

Por fortuna para el Gen. Díaz, se salvó la jornada con la llegada del Gen. González, quien cayó como un huracán sobre el enemigo, destrozándolo. El número total de muertos por ambas partes, ascendió á 95.