Después de esa derrota, el Presidente Lerdo, en vez de luchar, hizo sus maletas y huyó hacia los Estados Unidos.
El único vestigio de autoridad que quedó en México, después de la fuga del Ejecutivo legal, fué José María Iglesias, uno de los triunviros del gobierno liberal durante la Intervención francesa.
Iglesias fué un hombre puro, un honrado patriota del tipo de Catón.
Era Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación cuando Lerdo se fugó, y, por lo tanto, el Presidente interino constitucional.
Sobre este particular decía el plan de Tuxtepec:
“Art. 60. El Poder Ejecutivo, sin más atribuciones que las meramente administrativas, se depositará, mientras se hacen las elecciones, en el Presidente de la Suprema Corte de Justicia actual, ó en el magistrado que desempeñe sus funciones.”
Iglesias se dirigió á Querétaro con su gobierno, y entró en arreglos con el Gen. Díaz. Las conferencias se celebraron por medio del telégrafo, entre Iglesias y Justo Benítez, representante del Gen. Díaz.
Benítez telegrafió, entre otras cosas:
“La base indeclinable de todo arreglo tiene que ser el plan de Tuxtepec reformado en Palo Blanco, como la expresión genuina de la voluntad nacional. ¿La acepta Vd.?”
Iglesias respondió: “No pudiendo haber vacilación de mi parte en punto tan capital, no acepto, ni puedo, ni debo aceptar la base que Vd. califica de indeclinable. Todo lo que sea separarse de la Constitución de 1857, será rechazado por mí que soy el representante de la legalidad.”[12]