Después de esa confirmación de poder, quedó prácticamente convertido en Cónsul vitalicio, y en absoluta libertad para obrar á su antojo.

Capítulos especiales dedicaré á sus asesinatos, así como á la prensa y á la administración de justicia durante su régimen.

La tan cacareada necesidad de conservar á Porfirio Díaz en el poder, en beneficio de la paz, es otro cuento fantástico inventado por el Presidente y su pandilla de cortesanos, tratando de convertir en virtud una gigantesca espoliación política.

Dos de los escritores é historiadores mejor conocidos de México, han discutido en términos formidables ese argumento.

Francisco Bulnes dice “la paz no es causa del progreso de México, todo lo contrario, la paz es la consecuencia del progreso de México y es fácil convencerse de ello”.[28]

Fernando Iglesias Calderón, dice: “Dos personajes políticos, cuya adhesión, sumisión y admiración al Gral. Díaz es manifiesta y proverbial, han declarado honradamente que los bienes que se atribuyen al gobierno de hoy, se deben, en su origen, á los anteriores gobiernos liberales. Esto equivale á trocar el mérito en fortuna, ya que el simple transcurso del tiempo ha desarrollado los bienes fundados por el Gobierno liberal de Don Benito Juárez.”[29]

Los partidarios y admiradores de Porfirio Díaz citan como buena prueba de sus afirmaciones la presente prosperidad de México.

Esto se puede refutar muy fácilmente.

La inversión y desarrollo del capital extranjero significan para México adelanto y prosperidad, porque México carece de capital doméstico. El progreso agrícola, la irrigación y la inmigración significan la prosperidad de México. La actual administración no tiene parte alguna en la inversión inicial de capital en México; jamás ha hecho algo en pro del desarrollo agrícola, ó de la inmigración; y sólo después de treinta años de la pretendida prosperidad, ha comenzado á pensar en la irrigación.

Inútil es decir que ni la inversión de capitales ni la prosperidad eran cosas posibles en México, mientras el poder político y cuatro quintas partes del suelo estuviesen en manos del clero. Así, pues, era esencial poner término al poder de la Iglesia. Benito Juárez fué quien llevó á cabo esa hercúlea labor, con un valor y una persistencia admirables, logrando realizar, á mediados del siglo pasado, lo que Italia sólo se atrevió á hacer por los años setenta, y Francia últimamente.