—Aquí no hay más juez que yo, ni más ley que lo que mando. Fusílenlo.
Llegó su vez á Don Luis Alva.
—¿Me va Vd. á fusilar también, cristiano?—preguntó á Terán, con quien llevaba amistad íntima.
—Y en el acto lo voy á hacer.
—Pero ¿está Vd. loco? ¿No cree Vd. que ha corrido demasiada sangre? ¿Qué culpa tengo yo? ¿Cuál es mi delito?
—¡Silencio!—vociferó Terán.—Vd. conspira y es preciso que muera.
—Supongo que tendrá Vd. las pruebas de lo que dice.
—No necesito más pruebas que mi conciencia.
—Entonces no tiene Vd. prueba alguna, cristiano, porque no tiene conciencia.
Al oir esto, Terán le dió un empellón: