—¡Fusilen á este hombre!—exclamó...
Dijo Terán:
—Es Vd. un lerdista y á éstos nada se les otorga.
—Acuérdese Vd. señor, que los lerdistas le han perdonado la vida cuando lo han aprehendido con las armas en la mano.
—Póngase una mordaza á ese hombre y fusílenlo.
En ese momento llegó al cuartel el Juez de Distrito, Lic. Rafael de Zayas Enríquez, á quien fueron algunos vecinos á despertar, y á rogarle que fuera á ver cómo impedía semejantes asesinatos. El señor Zayas Enríquez corrió al cuartel, medio desnudo, y tuvo un fuerte altercado con Terán, quien le dijo:
—¡Usted tiene la culpa de todo esto!
—¡Yo!—exclamó Zayas estupefacto.
—Sí, Vd., porque en otra vez que le consigné á Capmany y á Portilla no los condenó á presidio.
—Porque yo soy un hombre honrado, señor Terán, que no condeno sin tener pruebas legales; no soy asesino ni esbirro, sino Juez de Distrito; porque yo estoy para cumplir y hacer cumplir las leyes, no para barrenarlas.