Es muy probable que sepa lo que pasó hace unos dos años. Entonces apareció en el “World” de New York, un artículo criticando á Porfirio Díaz y á José Ives Limantour, subscribiéndolo “Un Mexicano”. Pocos días después, dos caballeros mexicanos indagaron el nombre del autor de ese artículo anónimo, ofreciendo dinero por el informe, lo que fué rehusado por la administración del “World”, por ser contrario á las prácticas periodísticas americanas. Los referidos caballeros se despidieron disgustados, pero no sin proferir amenazas contra el incógnito autor.

El mismo Señor de Zayas Enríquez era Juez de Distrito de Veracruz cuando la famosa noche del 24 al 25 de Junio. Conoce como nadie todos los detalles del asunto. ¿Por qué no publicó la verdad, en vez de procurar paliar la responsabilidad del Presidente Díaz, cuando sabe que el único responsable fué el mismo Díaz, y no Terán, quien sólo representa el papel de un vil instrumento?

Cuando estos acontecimientos, el gobierno de Díaz se alarmó profundamente ante el horror y la indignación que había provocado ese acto salvaje, y tuvo la impudencia de asegurar oficialmente que los presos habían atacado á los soldados dentro del cuartel, y que éstos, en cumplimiento de sus deberes militares, hicieron fuego sobre sus agresores, matándolos.

En ese período Porfirio Díaz miraba con cierto respeto la opinión pública, y por eso encubrió el crimen con el manto de la calumnia, á fin de salvar á Terán de todo castigo, y para librar su propia frente del estigma de ASESINO.

Para probar lo absurdo de la calumnia, fueron exhumados por el mismo Señor de Zayas Enríquez, los cadáveres de los asesinados, y se evidenció que cada uno de ellos tenía, además de varias heridas en el cuerpo, un agujero en el cráneo, el tiro de gracia, que sólo se da á los ajusticiados. Unicamente en uno faltaba esa herida, y eso fué porque, á causa de otra herida en el corazón, sucumbió instantáneamente la víctima.

Todos los detalles de la exhumación fueron publicados en un libro impreso por los abogados defensores de Mier y Terán, en 1879. El gobierno recogió todos los ejemplares, y probablemente sólo queda uno, el que por fortuna tuve en mis manos.

Los Asesinatos del General Ramón Corona, del General García De la Cadena y del General Ángel Martínez.

Sabía Porfirio Díaz que mientras existiese en México uno ó más generales que ambicionasen la presidencia de la República, su dorado ensueño de un poder continuo, con él como arcángel, no podía ser practicable, sino más bien un asunto de los más azarosos.

Como su popularidad había recibido un rudo golpe, con motivo de los asesinatos de Veracruz, y carecía aún del poder suficiente para imponer todas las elecciones en todos los Estados, por medio de las bayonetas de sus soldados, recurrió al método de los cobardes; el de asesinar á sus rivales por medio de “accidentes”, ó valiéndose de algún loco ó fanático que alimentase odios contra la víctima designada, ó simplemente utilizando á un asesino asalariado.

El General Corona era una de las personalidades más populares y atrayentes entre los generales de la guerra de Intervención. Era bravo, inteligente, franco y leal. Durante el primer período del Presidente Díaz fué enviado á España como Ministro de México, y allí, como en todas partes, donde se presentó, llegó á ser el favorito de los españoles. Sin embargo, como ambicionaba la presidencia, encontró un buen pretexto para solicitar su regreso á México en la actitud que respecto á él asumió la Reina de España. El General Corona fué uno de los jefes que contribuyó á la toma de Querétaro, y con tal motivo aparecía indirectamente responsable del fusilamiento del Emperador Maximiliano. La Reina de España era austriaca y pertenecía á la familia de los Habsburgos, y, en una recepción oficial, corrió un desaire al General Corona.