Cuando éste regresó á México, fué nombrado Gobernador del Estado de Jalisco, el más importante de la República por lo que respecta á riqueza y á población.

Resultó Corona un excelente gobernante, y fué el primero que abolió en su Estado el sistema de las “alcabalas” ó de aduanas interiores, que á la sazón existía en el país, de Estado á Estado, y aun de ciudad á ciudad, complicando la administración fiscal y fomentando el contrabando.

Su prestigio, como gobernador y como candidato á la presidencia, crecía de modo tan alarmante que Porfirio Díaz temió por su propia supremacía, y, á fin de conjurar peligro inminente y de aplacar la ambición de Corona, le prometió la presidencia para el próximo período, previendo algún “accidente” que eliminase al rival.

Una noche, cuando el General Corona entraba en el Teatro, acompañado de su esposa y de sus hijos, fué asaltado y muerto á puñaladas por un indio de la clase baja. Huyó rápidamente el asesino, dando vuelta á la primera esquina de la calle, y allí, por una extraña “coincidencia”, le partió el corazón á puñaladas un agente de la policía montada, y recibió también lesiones de parte de un agente de la policía de á pie. Intensifica la peculiaridad de esta “coincidencia” el hecho de que el policía que apuñaleó al asesino, estaba acompañado por un piquete de policías que no pudo haber presenciado el asesinato del General Corona y que, sin embargo obró exactamente como si lo hubiese visto. No trataron de cogerlo vivo, sino de matarlo prontamente, por aquello de que hombre muerto no habla. De propósito se hizo circular el rumor de que el asesino se había suicidado.

Como tan juiciosamente dijo Ignacio Mariscal, refiriéndose al asesinato del General Barillas, ex-presidente de Guatemala, á quien mataron dos muchachos guatemaltecos, en la ciudad de México, el 17 de Abril de 1907, por orden del General Lima, Ministro de la Guerra de Guatemala, “en esta clase de crímenes, por lo difícil que es su comprobación, basta con el fallo de la opinión pública que declara al presidente Cabrera asesino del General Barillas.”

Pues bien, la opinión pública en México señala al General Díaz como el asesino del General Corona, del General García de la Cadena, y del General Martínez.

García de la Cadena fué otro de los generales ambiciosos. Fué bastante temerario para decir la verdad al Presidente Díaz. Comprendió su error cuando era ya demasiado tarde. Estaba vigilado día y noche, pero fingió estar enfermo y no recibía á nadie, y su misma esposa cocinaba y le llevaba los alimentos. Pero, á pesar de todas esas precauciones, no percibieron que la criada que tenían era una espía puesta por Porfirio Díaz. El General García de la Cadena burló al jefe de la policía hasta el punto de que, cuando este digno caballero fué á dar el parte diario al General Díaz, diciéndole que García de la Cadena continuaba enfermo, el Presidente le informó de cuándo y cómo se había escapado, y dónde se le podría encontrar.

En efecto, se había fugado de México, pero había sido aprehendido cerca de Zacatecas, cuando se trasbordaba de un tren á otro, y fué asesinado por una cuadrilla de verdugos asalariados. Esta eliminación fué cargada á la cuenta de los bandidos.

La destrucción del General Martínez se llevó á cabo de un modo idéntico al del caso del General Barillas, ó, para hablar con más propiedad, el asesinato del General Barillas fué la imitación del asunto de Martínez.

El General Barillas era un refugiado político que emigró de Guatemala á causa de su ambición presidencial. En este caso el General Lima fué el instrumento utilizado por el Presidente Cabrera, pues Morales, el asesino de Barillas declaró ante la justicia mexicana que “la orden de matarlo viene de ‘más alto’, del gobierno, y yo tenía miedo de lo que pudiera sucederme en caso de que desobedeciese.”[37].