El General Martínez, á más de ser un soldado y un revolucionario, era doctor en medicina, y había acompañado al General Díaz en la revolución de Tuxtepec. Riñó con el Presidente, y con ese motivo se fué á viajar por Europa. A su regreso se estableció en Nuevo Laredo, Texas, donde se dedicó al ejercicio pacífico de su profesión de médico. Una noche fué llamado ostensiblemente para asistir á un enfermo, y en el camino fué acechado y asesinado por un negro, el que inmediatamente cruzó el río, pasando al territorio mexicano.

En este caso el General Bernardo Reyes fué el General Lima del Presidente Díaz. Un Mayor, llamado L. J. González, organizó la emboscada, y según Demetrio Salazar (yerno del General Pacheco, Ministro é íntimo amigo del Presidente Díaz) el mismo día en que se perpetró el asesinato del General Martínez, el referido Mayor envió un telegrama al General Reyes, Gobernador del Estado de Nuevo León, en el que le decía: “Cumplido su encargo”.

Ambos casos forman un paralelo, con la diferencia de que no se ocuparon en el asunto de Martínez, por ignorarse que el asesinato era de carácter político, mientras que al asesinato de Barillas la prensa de México y la Prensa Asociada le dieron una publicidad universal. Lo secreto de los procedimientos usados por Porfirio Díaz, sólo permite que se vean algunas facetas de su conducta política, y estas de las que le son favorables, y en ello consiste que lo consideren los no iniciados como un gran estadista y benefactor de su país. Cabrera, por lo contrario, á causa de la publicidad de sus actos, es execrado como el moderno Nerón. Pero Cabrera se excusa pretendiendo que no hace más que imitar al General Díaz, para quien sólo tiene la más sincera admiración.

La Carnicería de Orizaba.

Hace justamente un año que telegrafiaron á México la noticia de que algunos huelguistas de Orizaba, Estado de Veracruz, habían pillado y quemado una tienda; pero que después que las tropas enviadas por el gobierno habían fusilado á algunos de los agresivos obreros, se había restablecido la tranquilidad. Sin embargo, circulaban en la ciudad rumores de haberse cometido actos horrorosos por los soldados, de orden del Presidente. Sólo después de minuciosas investigaciones, pude obtener los detalles de todo el asunto.

La huelga de Orizaba fué de capitalistas y no de obreros. Había entonces unas 92 fábricas de hilados y tejidos en el país, las que pagaban, en junto, más de dos y medio millones de pesos, anualmente, de contribución al gobierno. Los propietarios de las fábricas consideraron excesivas las contribuciones, y resolvieron provocar una huelga, para estar en aptitud bien de cerrar sus fábricas é imponer la ley á los obreros ó bien de aguijonear á los obreros de modo que, desesperados, provocasen una revolución que trajese un nuevo orden de cosas.

Después de los fusilamientos de Orizaba, recibió “El Diario” la visita de un individuo que pretendía ser uno de los caudillos de los obreros, quien quería indagar si estábamos dispuestos á apoyar una conspiración de éstos, pues que “El Diario” había estado de parte de ellos durante la huelga, cuando todos los demás periódicos habían tomado la defensa de los propietarios de las fábricas.

Este individuo reveló un terrible complot, que consistía en destruir por medio del fuego y de la dinamita todas las fábricas que funcionaban en México, si los propietarios no se prestaban á un arreglo razonable, “El Diario” contestó que no quería ni podía fomentar semejante idea; que el periódico tenía por objeto publicar noticias, y no incitar revoluciones ni alentar para la destrucción de la propiedad.

Este incidente demuestra á qué grado de amargura y de desesperación habían llegado aquellos hombres, que ya sugerían actos de perversidad semejante.

La huelga se inició de la siguiente manera: la unión dió la orden á una fábrica de Puebla de parar el trabajo; dicha unión recibía ayuda pecuniaria de los obreros de Orizaba, quienes entonces trabajaban. Los propietarios de la fábrica de Puebla se quejaron á los propietarios de las de Orizaba, y estos caballeros cerraron sus fábricas, cortando de esa manera la fuente de recursos á los obreros de Puebla. Con esta táctica se obligó á la unión de Puebla á capitular, y, una vez conseguido, los propietarios de Orizaba volvieron á abrir sus fábricas.