Pero entonces surgió otra dificultad, pues la unión de Orizaba exigió mejores condiciones antes de volver á los talleres, y como fué negada la pretensión, volvióse á declarar la huelga. Entre tanto los obreros enviaron una comisión al Presidente, solicitando su ayuda y su influencia para llegar á un arreglo satisfactorio. Porfirio Díaz les prometió ayudarlos, y para el efecto, envió una comisión á Orizaba, la que convocó una reunión de obreros, en un teatro, y les ofreció que si volvían á sus talleres, se les otorgaría su demanda.
Aceptaron los huelguistas la condición, y volvieron al trabajo.
A la mañana siguiente, algunas de las mujeres fueron á la tienda de un francés llamado Garcin, quien vendía á crédito á los obreros de las fábricas, vituallas y otros efectos, los que ellos pagaban con los vales que, en vez de dinero, les distribuían los fabricantes. Cuando esas mujeres concurrieron á la tienda, el tal Garcin comenzó á insultarlas, á ellas y á sus familias, con un lenguaje indecente y vil. Las mujeres regresaron á sus hogares y relataron á sus maridos lo que había pasado, estimulándolos á la venganza. Enfurecidos por las humillaciones, el hambre, los sacrificios llevados á cabo por la causa de la huelga, esos hombres encontraron que su copa rebosaba ya de hiel, y su cólera se desbordó contra el individuo que había vertido la última gota que hizo que la copa se desbordara. Se volvieron indómitos, y aguijoneados por las mujeres, que los acusaban de cobardía, atacaron el establecimiento de Garcin, lo saquearon y lo quemaron. La policía no tuvo dificultad para aquietar y dispersar á la turba, y merced á la intervención del Jefe Político, Don Carlos Herrera, que estaba muy bien quisto en Orizaba, los obreros fueron persuadidos á regresar tranquilamente á sus labores.
Todo volvió á quedar tranquilo; los responsables del asalto y del incendio de la tienda fueron aprehendidos.
“El Diario” fué el único periódico que se atrevió á decir la verdad de lo ocurrido, y en un editorial declaró que toda la responsabilidad del motín recaía sobre Garcin. Ese individuo se precipitó á la oficina del “Diario” y tuvo la impudencia de ofrecer $5,000 por que se escribiese otro artículo que lo rehabilitase. Su pretensión fué desechada cortesmente.
La opinión pública estaba en favor de los huelguistas, y todo el mundo creyó que el asunto había terminado definitivamente con la aprehensión de los amotinados. Pero, á pesar de que todo se hallaba en calma, y de que los obreros habían vuelto pacíficamente á las fábricas, el Presidente Díaz, de un modo repentino é inesperado, dió orden al General Rosalino Martínez, Subsecretario de la Guerra, de que bajase á Orizaba con el Coronel Ruiz (ex-bandido y verdugo oficial de Porfirio Díaz) y con unos cuantos cientos de soldados. Téngase en cuenta que todo y todas estaban en la tranquilidad más perfecta, que los obreros no habían vuelto á hacer nada con el objeto de crear nuevos desórdenes.
Y, no obstante esto, los dos verdugos oficiales, el General Rosalino Martínez y el Coronel Ruiz, se dirigieron precipitadamente á Orizaba, y una vez allí, apostaron sus soldados en las fábricas, detrás de las paredes y los pilares, y cuando hombres y mujeres entraban en las diferentes fábricas, para desempeñar sus labores, rompieron los soldados un asesino fuego de fusilería, segando aquella indefensa y desamparada masa humana como si se tratase de perros rabiosos.
El ruido fué espantoso, el tumulto indescriptible, el clamoreo de desesperación de los heridos es superior á toda pluma y á toda palabra humana. Aquello fué un verdadero pandemonium; no el de una batalla, sino el de una cruel, implacable cacería de hombres, á sangre fría; el asesinato de hombres, mujeres y niños, inocentes, desamparados é inermes.
El tronar de los fusiles, el humo, el polvo levantado por las balas perdidas, la sangre que á torrentes corría de las anchas heridas; los cuerpos tendidos y diseminados por todas partes, con las cabezas casi desprendidas, los sesos salpicando paredes y suelo, todo eso constituía un cuadro que enfermaba, que indignaba, y que no tiene ejemplo en la historia de la civilización.
No satisfechos aún, el General Martínez y el Coronel Ruiz ordenaron á sus soldados que completasen la victoria, y continuó la asesina fusilería en las calles y á través de las ventanas de las casas de los obreros que en ellas habían logrado refugiarse, prosiguiéndose en ellas la carnicería sobre inocentes mujeres y niños.