Los antecedentes de Reyes no eran los más apropósitos para conquistarle popularidad, pues hay en su vida páginas de sangre que lo hacen más temible que el mismo Porfirio Díaz.

Pero Reyes no es ladrón y, además, aparece como patriota, liberal y ultramexicano, y, por el momento, era el único hombre que podía ponerse enfrente del partido de Limantour para equilibrar su influencia, puesto que representaba ideales contrarios á los de la mafia científica. Reyes creó “La Segunda Reserva”, que fué una especie de guardia cívica al servicio inmediato del Ministerio de la Guerra. En esa segunda reserva podía afiliarse todo individuo que pudiese probar en un examen que tenía los conocimientos rudimentarios para desempeñar el cargo de subteniente, lo que le daba carácter militar y el derecho de portar uniforme y espada. Los obreros, siempre mediante examen, podían aspirar á cabos y sargentos.

El proyecto agradó á las masas y despertó inmenso entusiasmo. Todo el mundo comprendió desde luego las trascendencias de esta idea y las ventajas que podrían sacarse de una organización semejante, en un momento dado. Pero Limantour lo comprendió también y, como lo tengo dicho en otro capítulo, Reyes fué eliminado del Ministerio de la Guerra, é inmediatamente quedó abolida la Segunda Reserva.

En la campaña que emprendieron los reyistas contra Limantour y los “científicos”, hicieron un verdadero despilfarro de acritud y de energía. Fundaron periódicos y atacaron á la cuadrilla con tal violencia y denuedo como no se había visto jamás en México. Muchos jóvenes de talento y de influencia figuraron en esos periódicos. El más prominente de todos fué Rodolfo Reyes, hijo del General, abogado talentoso, sin miedo, enérgico, de gran cultura y con una vida privada inmaculada. Está llamado á ascender muy alto en su país en cuanto cambie la situación, á pesar de ser hijo del General Reyes. Una vez le pregunté cuál era el programa político de él y de su padre, y me contestó:—“Mi padre y yo trabajamos cada uno por su lado, aunque ambos tenemos un ideal político común: el de oponernos á que se mezclen los negocios con la política”.

Los dos hijos de Joaquín Baranda, que era entonces Ministro de Justicia, fueron de los más audaces en el ataque. Los escritores de más talento fueron Luis del Toro, el Dr. Francisco Martínez Calleja, José J. Ortiz y Diódoro Batalla. Publicaban “El Correo de México” y “La Nación”, y es seguro que en México nunca se han leído editoriales más impetuosos, más hábiles, cáusticos y contundentes. El pobre Limantour y su “pandilla científica” fueron atenazados por la publicidad, sin compasión alguna, y les arrancaron á jirones su hipocresía política hasta dejarles los huesos al descubierto.

Si un “five o’clock tea” echó á perder las posibilidades de Limantour para la vicepresidencia, los artículos de los dos periódicos mencionados lo acabaron de desacreditar como candidato á la presidencia, ante los ojos del pueblo mexicano.

En el grupo de los reyistas figuraban también Joaquín Baranda, el más inteligente de todos, y que era á la sazón Ministro de Justicia, y ejercía gran influencia en los Estados de Campeche y de Yucatán, cuyos gobernadores eran hechura de él; Teodoro Dehesa, gobernador de Veracruz, quien tiene mucho del cardenal Mazarino, y el más sutil y hábil de los políticos mexicanos, y el General Bandala, á quien llaman por apodo “el Vándalo”, gobernador de Tabasco; de manera que el reyismo dominaba en todos los Estados del golfo de México.

Con la salida de Reyes del Ministerio de la Guerra y la destrucción de la Segunda Reserva, bajaron las acciones de ese grupo, hasta que al fin dejaron de cotizarse.

Cuando Porfirio creó la vicepresidencia, obedeciendo á las sugestiones de Washington, el “partido científico” volvió á la vida, pretendiendo ejercer presión sobre el Presidente para que designase á Limantour. Por desgracia para ellos, era ya demasiado tarde, pues ya había quedado plenamente probado que la Constitución le cerraba el paso, y aunque la Constitución no es un obstáculo para Porfirio Díaz, éste no la viola nunca en provecho de un tercero, sino en el suyo propio.

Los reyistas también quisieron promover intrigas en favor de su candidato; pero el General Reyes comprendió lo peligroso y extemporáneo de semejante movimiento, y encubriéndose con la capa de la disciplina militar, prohibió á sus partidarios que imitasen la torpe conducta de los “científicos”.