Entonces Porfirio Díaz, por sí y ante sí, eligió “libremente” á Ramón Corral vicepresidente de la República, causando el mayor asombro al país entero, pues Corral era en aquella época un factor desconocido en la política. Este movimiento originó una nueva orientación en la política, y se sospechó que Corral sería el sucesor de su protector. Comenzaron las deserciones. Los “científicos” impusieron un coadjutor á Corral, designando para el cargo á Rosendo Pineda, que había sido el Jago de los “científicos” y es ahora el Mefistófeles de Corral. Este Rosendo Pineda es un oaxaqueño, y por varios años fué el secretario particular de Romero Rubio, (suegro de Porfirio Díaz) en el tiempo en que estuvo encargado de la cartera de Gobernación, y con este motivo estaba al tanto de todas las triquiñuelas de la política interior. Pineda es un abogado mediano, un orador de pocos vuelos y un intrigante vulgar; pero al mismo tiempo tiene mucha audacia, una ambición insaciable y sin escrúpulos, con todo lo cual se ha formado una reputación, que sabe explotar. Pineda, con su malicia de indio y su perspicacia de rábula de pueblo, comprendió desde luego la situación, y en vez de vigilar á Corral y de dirigirlo conforme á las miras de “los científicos”, se confabuló con él, traicionando á su partido, para hacer su propio negocio al amparo del nuevo sol que se elevaba en el horizonte.
Corral, guiado por su propia intuición y tal vez también por los consejos de Pineda, no ha dado gran importancia á su cargo de vicepresidente, y se limita á ser un secretario del gabinete presidencial, sirviendo ciegamente á su jefe y atendiendo á sus negocios privados, á los que debe su inmensa fortuna, confiando tranquilamente al tiempo la resolución del problema.
No goza de ninguna popularidad en México; á nadie se le consiente adquirirla, y menos aún que cree un partido personal, pues quien tal cosa se permitiese, pronto vería en juego las máquinas ocultas de Porfirio Díaz para destruirlo.
La posición de Corral es bastante difícil. Es el segundo de un hombre que no consiente que ninguna estrella eclipse su propio sol. Sin embargo, hay que admirar su tacto, su silencio, su arte de hacer lo necesario en el momento preciso, su habilidad en la conducción de la nave vicepresidencial á través de los arrecifes en que han encallado tantos hombres políticos. Está dotado de cierto espíritu humorístico, de sagacidad y de carácter, y no se le podrá juzgar mientras no llegue á la presidencia. En los años que he pasado en México he oído muchas opiniones contrarias y muchos juicios superficiales respecto de este hombre; sólo una vez oí una apreciación justa é imparcial emitida por un mexicano, el talentoso joven liberal Don Flavio Guillén, siendo su juicio tanto más notable cuanto que Guillén no se ocupa en la política ni debe nada á Corral.
En conclusión, no hay en México partidos políticos, sino pequeños grupos personales, los que, cuando las circunstancias lo permitan, servirán de núcleos para la formación de tales partidos.
Como resultado de las pérfidas declaraciones que hizo Porfirio Díaz en el Pearson’s Magazine, por medio de Creelman, asegurando que por ningún motivo aceptaría su reelección para otro período presidencial, muchos mexicanos cayeron en la trampa, pues tuvieron la candidez de aceptar como buenas las protestas del viejo zorro, y comenzaron á promover la formación de partidos para entrar en la próxima lucha electoral. Pero tal lucha electoral es imposible, pues aunque Porfirio Díaz realmente no aspirase á la reelección, jamás consentiría en que ocupase la silla presidencial un individuo que no fuese hechura suya.
Sucedió lo que temían todos aquellos que conocen al viejo Maquiavelo, esto es, que Porfirio Díaz condescendió bondadosamente á aceptar la nueva reelección, y en tal virtud, aquellos que soñaban en capitanear la próxima campaña, se conforman con ser brindadores de comilonas, directores de murga, y cabeza de coros y comparsas, para hacer creer á los incautos que están organizando clubs independientes, no para elegir presidente, punto que no está á discusión, sino para “elegir” con toda libertad al vicepresidente “nombrado” por Porfirio Díaz. No puede darse conducta más innoble ni más cobarde que la de esos sicarios que quieren aparecer ante los ojos del pueblo vestidos con la túnica inconsútil del apóstol.
Porfirio Díaz, siguiendo la máxima de “divide é imperarás”, ha hecho creer al General Reyes que será el próximo vicepresidente. Reyes contestó ese pretendido ofrecimiento haciendo publicar una entrevista llena de lugares comunes, poniéndose incondicionalmente á las órdenes de su superior.—Siete editoriales de “La Patria” bastaron para matar la candidatura de Creel; la única que queda en pie todavía es la de Corral, quien continúa su política de silencio, metido en su concha, é imitando á los fakires de la India.
Porfirio Díaz tiene tanta voluntad de abandonar el poder como yo de ser presidente de Patagonia; ni por casualidad ha pensado nunca en aflojar las riendas de su poder férreo, para ayudar á los demócratas ó liberales ó á los mexicanos en general á que aprendan á gobernarse por sí mismos. Morirá en la silla presidencial, como un insecto pegado á un papel cazamoscas.
Sin embargo, la obra de la evolución se va operando de un modo lento, pero seguro. La nueva generación, con ideales más elevados que los de Porfirio Díaz y sus compinches, ó sean los voraces “científicos”, comienza á fijarse en el espectáculo que se está desarrollando ante sus ojos. El joven México tomará la palabra tan pronto como la tempestad de la reacción se desencadene sobre el país, después de la muerte de Díaz. Dos jóvenes, que cuentan con amigos fieles y talentosos, representarán entonces papel de importancia: Rodolfo Reyes y Emeterio de la Garza. El último tiene todos los atributos del caudillo, la lealtad para con sus amigos, talento, habilidad para escribir y para hablar, intrepidez y arrojo, y siempre está listo para afrontar una situación por más desesperada y abrumadora que sea. Como los que hacen más ruido son siempre los que más llaman la atención, estos dos jóvenes se impondrán, á pesar de su juventud. Otros de los jóvenes de talento, patriotismo y de propósitos honrados ayudarán en la dirección de los futuros destinos de México. Entre ellos hay que citar á Diódoro Batalla, el orador de más talento y más patriota del país, Díaz Mirón, Joaquín Clausel, Gabriel González Mier, Ignacio de la Peña y Carlos Pereyra.