"Hace varios días conocí a José Luis Aguirre. Presiento, no sé por qué, una pasión. Dios quiera que sea la única de mi vida y no se cumpla ese mal augurio de Zoraida. Dice ella que para nosotras sólo puede haber amores desdichados. Lo repite tanto que ha llegado a darme un poco de susto. Además, allí está el recuerdo de mamita. No importa; si José Luis llega a quererme, yo le corresponderé. ¡Qué suave y qué raro es el comienzo del primer amor! Siento que pronto me dominará la delicia de adorarlo..."
—Por favor, Camucha—interrumpió Adriana—no leamos más, yo sé por qué te lo digo. Dejemos esto.
—No, estás loca. ¡Y te has puesto pálida! No tengas miedo, tonta. Después subimos. La miramos con cara de muy inocentes y nunca llegará a sospechar nada. Oye; yo la miraré así, bien en los ojos; ¿se me conoce algo?
Y siguió leyendo:
"...me dominará la delicia de adorarlo. Tía lo ha invitado a pasar una temporada en la estancia, para el verano. El año pasado estuve allí. Me distraje leyendo Ivanhoe y Romeo y Julieta y pensando en lo que podía guardar para mí el porvenir. ¡Qué idea absurda la de Zoraida! La vida es amor, nada más que amor".
"Ayer he cumplido quince años".
Carmen levantó los ojos pensativa: Yo pronto cumpliré veintiuno y el gran amor no viene...
—Lee, por favor.
En las páginas que seguían, Laura contaba larga y minuciosamente su amor con José Luis. Lo más conmovedor eran las interpretaciones que ella hacía respecto de cualquier frase que le escuchaba; siempre Laura les prestaba una significación que no tenían, por embellecerlas y dejar que recayera sobre él un mérito más alto.
Carmen se interrumpía, para comentar cada cosa del manuscrito. Pero Adriana la apuraba con impaciencia, angustiada; ya no hubiera podido arrancarse a la ansiedad con que devoraba los secretos de Laura. El diario, después de referir las dolorosas consecuencias que tuvo la intervención de Zoraida, aparecía con una página en blanco.