Marc.

¿Por ella?

Gonz.

Sí, por ella. Como entre Florita y yo la diferencia de años es poca, las canas, las arrugas, los achaques en mí la producían un profundo horror, una espantosa consternación. Veía en mi vejez acercarse la suya y yo entonces quise parecer joven solamente para que Florita no se creyese vieja. Y para atenuarla el espectáculo del desastre, puse sobre esta cabeza que para ser respetada debía ser blanca, y sobre este cuerpo ya caduco unas ridículas mentiras que conservaran en ella la pueril ilusión de una falsa juventud. Esto ha sido todo. (Llora.)

Marc.

(Conmovido.) ¡¡Gonzalo!!...

Pic.

Don Gonzalo, perdón; somos unos miserables.

Num.

Usted es un santo, don Gonzalo, un santo, y si no le pareciese absurdo lo que voy a decirle, yo me ofrezco a reparar esta broma infame casándome con Florita, si usted quiere.