Gonz.

¡Chits!... no levante usted la voz no sea que le oiga.

Tito

¿Pero cómo va a oirme?

Gonz.

Fíjese. (Galán le saluda con la mano.)

Tito

(Dando un salto.) ¡Carape! (Lleno de asombro.) ¿Pero qué es esto? (A Picavea.) ¿Tú aquí?... ¿Y con Galán?... ¿Pero no habíamos quedado en que yo vendría a buscar una solución honrosa al...? (Picavea hace un gesto encogiendo los hombros como el que quiere expresar: «qué quieres que te diga».)

Tito

¿Pero cómo se justifica la presencia aquí de Picavea cuando habíamos quedado en que tú...? (Galán hace el mismo gesto de Picavea.) Don Marcelino, yo ruego a usted que justifique esta situación inexplicable en que me hallo, porque es preciso que yo quede como debo. (Don Marcelino hace el mismo gesto.) ¿Es decir, que ninguno de los tres...? Señores, por Dios, que yo necesito que a mí se me deje en el sitio... (Los tres indican con la mano que espere, que no tenga prisa.) en el sitio que me corresponde, no confundamos. (Pausa. Ya muy azorado.) Bueno, don Gonzalo; en vista de la extraña actitud de estos señores, yo me atrevería a suplicar a usted unas ligeras palabras que hicieran más airosa esta anómala situación. (Don Gonzalo hace el mismo gesto.) ¡Tampoco!... ¡Caray!, comparado con esta casa el colegio de sordomudos es una grillera... ¡Caramba, don Gonzalo, por Dios... yo ruego a usted... yo suplico a usted... que acabe esta broma del silencio, si es broma, y que se me abra siquiera... un portillo por donde yo pueda dar una excusa y oir una réplica, buena o mala, pero una réplica! Yo hasta ahora no sé qué es lo que sucede. Hablo y la contestación que se me da es un movimiento de gimnasia sueca. (Lo remeda.) Interrogo y no se me responde.