(Sigue con exaltación oratoria.) Por eso este mal es tan hondo y tan permanente, porque es base de muchos intereses creados, raíz sustentadora de muchos poderes constituidos.
D. Sabino
¿Y será tal nuestra desgracia, señor, que esta vileza no tenga remedio?
Pepe
¡Cómo no!... Abandonemos valientemente este árbol añoso y carcomido de la política caciquil, y plantemos otro joven, sano y fuerte que absorba para sí la savia fecunda, y seque al otro y dé con él en tierra, porque solo en las ramas de ese árbol nuevo podrá cantar el pájaro de nuestra aurora... (¡Ojeda, que te pones cursi!)
D. Sabino
¿Y usted que lo sabe y que lo dice, por qué no va a Madrid y lucha para lograrlo, y trabaja?...
Pepe
(Vivamente con disgusto.) ¡Ah, no; trabajar no!... A mí pedidme verbo, no acción. Yo soy un apóstol, los apóstoles no han trabajado nunca. Además, yo, que me parezco un poco a los políticos españoles, soy como un libro de cocina; tengo recetas para todo; pero... pero hay que buscar la cocinera.
D. Sabino