Por Dios, Cristina, no llores, no llores, que me estás atormentando cruelmente, (Se levanta.)
Cristina
¿Yo?...
Eduarda
¡Sí, ea!... Quiero también hacerte mi confesión. Me estás atormentando porque, sábelo de una vez, tu aventura renueva en mi alma el dolor de un episodio parecido.
Cristina
¿Doña Eduarda, qué dice usted?
Eduarda
Lo que oyes. ¡Qué mujer no tiene su dardo en el corazón!... ¡Ah, esos amores fugitivos, esas poéticas aventuras de unos días, dejan en el alma una huella tan perdurable!... Yo también conocí otro como tu Alfredo. El mío se llamaba Rigoberto. Rigoberto Piñones de Vargas. Como guapo, el Apolo del Belvedere era un charlot a su lado. Pertenecía a una gran familia valladolisoletana. Tú ya habrás oído hablar de los piñones de Valladolid.
Cristina