Manfredo.—¡Balbino de mi alma!... ¡¡Cuánto me alegro!!
Balbino.—¡No te había conocido! Chico, ¿pero qué es eso que llevas a cuestas?
Manfredo.—¡Un azleta!
Balbino (Mirándolo.)—¡Gachó, qué tío! (Leyendo.) Fuerza, robustez, hermosura, verilidaz... ¿Y tóo eso, qué es?
Manfredo.—Cinco reales. Que me he metido a niñera d’anuncios; los llevo a paseo.
Balbino.—Pues la cosa no es mu pesá que digamos.
Manfredo.—Sin embargo; ¡el Herculitos este tié sus deficultades, no creas!
Balbino.—¿Cuálas?
Manfredo.—Pues mira, primero, la chirigota pública. Ayer sin ir más lejos nos ven dos señoritos y va uno y le dice al otro: ¡Miá qué grupo tan bonito: Sansón y Donlila! Y el pitorreo siempre molesta: Y segunda y prencipal, que como tóo el peso lo llevas arriba, en cuanto te tomas dos copas, te empieza a titubear el azleta y de una legua te conocen que has bebido.
Balbino.—¿Por la oscilación?