Manfredo.—¡Chico!... ¡No lo hubiá creído! ¡Qué engratetú! Toa la vida a tu lao y de repente...
Balbino (Con tristeza.)—Y lo peor de que nos haiga dejao no es la engratetú, Manfredo...
Manfredo.—Pues, ¿qué es? (Con interés.)
Balbino (Acercándose a su interlocutor y con misterio.)—Lo peor es que con ese motivo estoy atravesando un drama de familia que atufa.
Manfredo.—¡Porra! Pero, ¿es de veras?
Balbino.—¿Que si es de veras? Te quiero como un hermano y te lo voy a contar tóo pa que veas cómo las estoy pasando.
Manfredo.—Me dejas demudao. Cuenta, cuenta...
Balbino.—Mira, Manfredo, tú ya sabes que respetive al bienestar, mi casa era un eden... ¡Más!... ¡Un eden concert!...
Manfredo.—Me costa.
Balbino.—Ya que mi chica perdió a su madre a los tres años, dije, pues que no eche de menos el cariño que la va a faltar y la quintudupliqué el mío; que tú sabes que ciego por ella y si me pide la luna no se la traigo porque no sé por dónde se sube, que si no, se la bajaba de un cuerno.