Manfredo.—Me sigue costando.
Balbino.—De chiquilla, pa que tuviese con quién juar, recogí a mi sobrino Serafín, como sabes, cuando murió mi cuñada y me lo llevé a casa.
Manfredo.—Acción meritoria.
Balbino.—Pues bien, los chicos, primero con el apego de criarse juntos, después con lo natural que da el roce, pues lo que era una cosa, luego fué otra, y en total, que mi Lucila se pirrió por Serafín, sin que él se diese cuenta, y de pronto, cuando más mochales estaba la chica, va el ganso ese y se nos larga a vivir con una tal Carmen.
Manfredo.—¡Mi madre!
Balbino.—Lo que oyes.
Manfredo.—¿Ella se habrá quedao desconsoladisma?
Balbino.—¡Carcúlate! Ahora, que ya la conoces, y como ella cree que yo no me he enterao de náa, pues pa no darme el desgusto, la creatura se repudre por dentro y se va a llorar por los rincones; pero delante de mí siempre está con unas risas y unas alegrías que m’hacen más daño que un clavo en las botas.
Manfredo.—Pues vaya una coba triste.
Balbino.—¡Considera! Y yo, la verdad, quisiera una cosa de ti.