Manfredo.—¿Cuála?

Balbino.—Que t’aguardes, y cuando venga la chica, yo me largo ahí dentro, y a ver si tú pués sacarla con maña su verdadero sentir. No sea que me haga algún disparate que me amargue.

Manfredo.—No lo creo; pero en fin, déjamela a mí, que yo la hablaré. (Se oyen risas lejanas.)

Balbino.—¡Calla!... ¡Ella viene! Ya está ahí.

Manfredo.—¡Y cómo se ríe!

Balbino.—Lo de siempre. ¡La pobrecilla, pa engañarme!...

ESCENA VI

Dichos y Lucila

Lucila (Sale por la izquierda con una cesta llena de juguetes baratos, y atado al asa un hilo con globitos de colores. Viene riéndose exageradamente y mirando atrás.)—¡Já, já, já! ¡Qué gracia! ¡El demonio del hombre! (A su padre.) ¡Hola, agüelo!

Balbino.—¿Pero qué te pasa, tarambana?