Lucila.—¡Náa... calle usté, que vengo partía de risa! ¡Já, já, já! ¡Qué salao!
Manfredo.—¿Pero qué t’ha sucedío pa ese jolgorio?
Lucila.—¡Quite usté, señor Manfredo! ¡La gracia el mundo! Un señor viejo que m’ha preguntao que cuánto quería por los juetes con escaparate y tóo.
Balbino.—¿Y tú qué has dicho?
Lucila.—Que veinticinco años y un bigote rubio.
Balbino.—¿Y qué t’ha contestao?
Lucila.—Que no llevaba suelto, y le he añadío que pa gaitas ya las vendo yo. ¡Já, já! ¡Qué salero!
Manfredo.—¡Eres el demonio!
Balbino.—¿Y has vendío mucho?
Lucila.—¿Vender?... ¡Ganas! Dende que ha salío el futu-bul se están poniendo las creaturas que no siendo a coces no saben a qué juar. ¡El mejor día agarro yo el bazar, le pego un puntapié y futu-bul! En toa la mañana no he vendío más que Don Nicanor tocando el tambor, a una señora gruesa, y Don Genaro saludando a una estitutriz, que como era francesa no ha entendío el saludo y me lo quería devolver. Total: entre la señora y la estitutriz, dos perras. Se lleva una perra el Ayuntamiento, conque le queda a usté otra pa mantención, ropa limpia y ladridos... ¡Usté verá el negocio!