Manfredo.—¿Tú habrás tenido el primer disgusto?
Lucila.—¡Hombre... sí que lo sentí, porque le tenía una miaja de ley, pero náa más! Ahora que... ¡lo que son las cosas de la Providencia!... ¿A que no sabe usté lo que he sabío esta mañana, señor Manfredo?
Manfredo.—¿Qué has sabido?
Lucila.—¡Pues que Serafín y la Carmen han tarifao ya!
Manfredo.—¡Rediez!
Lucila.—¡Y de mala manera! Me he encontrao al cojo Changa, ese amigote suyo, y me lo ha contao tóo. Al mes de vivir juntos, la madre lo echó a la calle; creo que no congeniaban. Al menos eso dicen ellas. Pero la verdá de la cosa es que la Carmen no le quería, y se ha encaprichao, según dicen, con el señor Valeriano, el pollero, que tié guita larga, y ha dejao al otro por puertas.
Manfredo.—¡Buen castigo! ¿Tú te habrás alegrao de ole?
Lucila.—¿Yo? ¿Por qué me voy a alegrar?
Manfredo.—¿Que por qué?... ¡Porque sí! No disimules; porque tú quiés a Serafín hasta donde se pué querer.
Lucila (Sorprendida.)—¿Yo? ¡Qué tontería! ¿Quién se lo ha dicho a usté?