Manfredo.—Un pajarito que tóo lo sabe: la experencia. ¡Tú le quieres, no lo niegues!
Lucila.—¡Hombre... quererle, claro!... Algo.
Manfredo.—¡Mucho!
Lucila.—Es natural... ¡Toa la vida a su lao!... Que cuidarle cuando se ponía malo... que reirme con sus bromas... que adivinarle los gustos... Y un año y otro, siempre juntos... pues, claro, aunque una sea un perro... se toma cariño.
Manfredo.—Es que tú l’has tomao un poquito más que cariño.
Lucila (Vacilando.)—¡Tanto como eso no, pero he pasao malos ratos, sí, señor; pa qué le voy a usté a engañar! Pero no se lo diga usté a mi padre, ¿eh?
Manfredo.—¡Descuida, mujer!
Lucila.—Pues los he pasao; porque yo que sé lo que es querer, he visto que ella no le quería y él cáa vez más loco. A una palabra suya iba de cabeza, y en cambio mis consejos y mis avertencias, náa... Como si soplase usté al sol pa enfriarlo: inútil. Pero el querer es así: loco, y hay que aguantarse. Ya ve usté, yo era todo por su bien, sin interés denguno... (Se le saltan las lágrimas,) y ella en cambio, le desprecia... pus se ha ido con ella, y es que la vida tié esas cosas... ¡Ay! ¡Si yo me hubiese podido hacer más chiquita, más chiquirritita de lo que soy... y me hubiese podido esconder en el corazón de esa mujer, entonces sí que le hubiera querido, señor Manfredo, entonces sí que le hubiera querido! (Llora.)
Manfredo (Conmovido.)—¡Me caso en el gimnasta! ¡Maldita sea mi suerte!
Lucila (Secándose las lágrimas.)—(¡Chito! ¡Calle usté! ¡Mi padre!)