Balbino.—Ya está la sopa, tú.

Lucila.—Vamos.

Balbino.—Oye, (Observándola.) ¿pero qué es eso? ¿Llorabas?...

Lucila.—¿Yo?... ¡Quite usté, hombre! ¿Llorar? (Ríe.) ¡Já, já! ¡qué gracia!... Pues precisamente le estaba diciendo al señor Manfredo, que estoy mu contenta porque ca día está usté más arriscadete y más guapo. ¡Como que unas señoras me lo querían coger anteanoche pa una tómbola!... ¡Misté qué ojos más ladrones... y misté qué nariz! ¿Usté ha visto una alcachofa más bonita en su vida?

Balbino.—¡No seas niña, Lucila, y no desimules!

Lucila.—¡Bendito sea mi padre! ¡Ele! ¡Esto sí que se quiere de veras en el mundo, señor Manfredo! ¡Él pa mí, yo pa él, sin coba, ni paripé... siempre juntos los dos! (Le abraza.) ¡mi agüelete!... ¡Ele! (Quiere reir y llora.)

Balbino.—¿Lo ves, lo ves cómo lloras?

Lucila.—Bueno, ¿y qué? Aunque llore, ¿qué? Es de alegría, señor. También se llora de alegría. Hay días que llueve con sol, ¿verdá usté?... (Empujando a su padre.) ¡Eche usté pa alante, so gitanazo! ¡Já, já! ¡Místelo, tié la esbeltez del talego! (Abrazándole.) ¡pues no quiero yo na a este tío viejo!

Balbino.—¡Pero lloras, lloras!

Lucila (Llorando francamente.)—¡De alegría... de alegría! ¡Si es de alegría, señor!