Balbino (A Manfredo.)—¿Estás viendo? ¡Maldita sea!... (Entran abrazados en la taberna.)

Manfredo (Furioso, cogiendo el gimnasta.)—¡Mecachis hasta en!... ¡Después de ver esto, hoy te va a pasear a ti tu señora agüela! (Se lo echa al hombro y sale corriendo por detrás del solar.)

ESCENA VIII

Serafín y Ladislao

Salen por la derecha. Vienen mirando hacia atrás como ocultándose de alguien.

Serafín (Azorado.)—¿Es la Carmen?

Ladislao.—Sí, es ella. Se ha parao en la tienda de telas con una mujer.

Serafín.—La esperaré aquí.

Ladislao.—Bien hecho. Y atiende, Serafín; espero que quedes como un hombrito; duro con esa golfa, y que no te ablande el cariño que l’has tenido.

Serafín.—No tengas cuidao. Lo que no la diga, será porque no me deje la rabia.