Serafín.—Miá, Carmen, no te burles, que vengo muy en serio. ¿Tú es que quieres mi perdición?
Carmen.—De ti no quiero nada, ni eso; ya lo sabes.
Serafín (Exaltado.)—Entonces, ¿por qué me has engañao?
Carmen.—Y dale molino. La engañá he sido yo, Serafín; te lo he dicho cincuenta veces; yo, que creí que la simpatía que te tuve podría ser cariño, que luego he visto que no y que prefiero ser franca a ponerte en ridículo. Me lo debías de agradecer.
Serafín.—¡Carmen, piensa lo que dices!
Carmen.—Estas cosas del querer no se piensan, chico; se sienten u no se sienten, y en paz. Conque me alegro verte bueno... (Intenta irse.)
Serafín (Sujetándola.)—Aguarda, miá que voy a hacer una barbaridad, Carmen.
Carmen.—No lo creo.
Serafín.—Miá que tú no sabes cómo te quiero; miá que estoy en ridículo, y miá que lo sé todo; porque tú me has dejao por otro.
Carmen.—¡Mentira!