Ladislao, cuando ya se han ido todos, sale como disparado y furioso del sitio donde se ocultaba, va hacia Serafín, que habrá quedado de bruces sobre la mesa en que se apoyó, y levanta la estaca como para sacudirle un palo en la cabeza, deteniéndola luego en el aire. Le mira, después con desprecio y escupe.

Serafín (Levantando la cabeza y mirando a Ladislao.)—¿Has oído?

Ladislao (Se sonríe, se acerca a él, y casi en su oído imita el balido de un cordero.)—¡Béee!

Serafín (Levantándose descompuesto.)—¡Ladislao!

Ladislao (Muy serio.)—¡Béee!

Serafín (Con rabia.)—¿Y qué quiés decir con eso?

Ladislao.—Que te lo traduzgan.

Serafín.—¿Qué me quiés decir, contesta? ¡Y no me vuelvas más loco de lo que estoy!

Ladislao.—Serafín, has quedao a la altura de un cacahué apaisao.

Serafín.—¿Y qué quiés que haga, dímelo?... ¿Qué voy a hacer?