Ladislao (Con energía.)—Después de la chunga de que eres vírtima, no tiés más que dos caminos: u vengarte u rifar el bigote. Ozta.
Serafín.—¡Ladislao!
Ladislao.—En seco. Piensa en el choteo de tóo el mundo; en que los vecinos se te han pitorreado; y sobre tóo, en que esa y ese a estas horas se están columpiando con tu mansedumbre.
Serafín.—¡Eso es verdá! En eso tiés razón.
Ladislao.—Cuando una moza le hace a un hombre lo que esa te ha hecho a ti, el hombre tié derecho a todo... ¡a todo!
Serafín.—¿Qué quiés decir?... (Se asoman a la taberna Balbino y Lucila.)
Ladislao.—Que pa un sujeto de vergüenza es más dizno un grillete que un cencerro. Ya lo sabes. Conque si quiés recuperar mi estimación, hoy se toman los dichos el Guitarrero y la Isabel; La Carmen y el señor Valeriano son los padrinos; a las doce y media pasará por aquí la comitiva pa ir a la Vicaría; pues bien, vente aquí a esa hora, espéralos, y a la una ponme un Besa tu mano dende la delegación u dende la Casa de Socorro. De lo contrario ya sabes el piropo que te aguarda en la historia. ¡Béee!
Serafín (Desesperado.)—¡Es verdá!... ¡Adiós! (Le alarga la mano.)
Ladislao (Rechazándola con el bastón.)—No, la manita no. ¡Cuando la denifiques!
Serafín.—¡Por éstas, que me las pagan! (Vase corriendo por la derecha.)