Valeriano.—Lo de las narices es una ligera erosión. Tengo una mano... ¡que estoy más disgustao!... ¡paece una piedra! ¿Conque me guarda usté rencor por los cachetes?

Serafín.—A usté, no.

Valeriano.—Pues entonces, después de la refriega yo opino que debíamos darnos las manitas, como hacen los hombres.

Serafín.—Me es igual. (Se dan la mano.)

Valeriano.—Sí, señor; en medio de su desgracia, me ha sido usté simpático, joven. Es usté un hombrito de corazón, aunque no le acompañen las fuerzas; y ¡qué caramba! Eso no es náa; a su edad de usté me las han arreao a mí, que durante ocho días tenía que llevar las narices en equilibrio. Siéntese usté ahí. (Señalando una mesa.)

Serafín.—No, gracias.

Valeriano.—Que se siente usté, digo.

Serafín.—Bueno. (Se sientan los dos. Valeriano llama dando dos palmadas.)

Dueño (Sale.)—¿Qué desean?

Valeriano.—Dos quinces y un botijo.