Serafín (Casi llorando.)—¡Sí! ¡Me comen la vergüenza y la rabia!... ¡pero ese tío tié razón! ¡No tié él la culpa; es ella!... ¡ella!

Ladislao (Sale por la derecha azorado y jadeante.)—¡Gracias a Dios! ¡Por fin doy contigo! (Mira a todos lados.) ¿Pero qué es esto?... (Con burlona sorpresa.) ¡Tú solo! ¡Solo con dos copas! ¡Tú meditamundo! ¿Y ese hombre, que no lo veo? (Mira por debajo de las mesas y las banquetas y luego dice a Serafín con voz siniestra y casi al oído.) Serafín, ¿ande has echao los pedazos?

Serafín (Con desprecio.)—¡Déjame en paz!

Ladislao.—Oye, ¿pero qué tiés en la cara?... ¿Tú no habías pasao el sarampión?

Serafín (Llama y sale el dueño del merendero.)—¿Qué se debe?

Dueño.—Treinta céntimos.

Serafín.—Ahí van. (Paga y se levanta. Vase el dueño llevándose las copas.)

Ladislao.—¡Recontra! De modo, que tras... ecétera, apaleao y encima pagano.

Serafín (Furioso.)—¡Cállate, o por mi salú que te dejo seco!

Ladislao (Aterrado.)—Oye, tú...