Lucila.—Y ¡camará, cómo recibes; recibes que arañas! (Restañándose con saliva un arañazo de la mano.) Si lo sé te dejo trajeta.
Serafín.—Bueno, pronto; acaba y vete. ¿A qué has venido?
Lucila.—¿Que a qué he venido? (En voz baja con ira.) ¡pues a llamarte asesino y cobarde!...
Serafín.—¡A mí!
Lucila.—¡A ti!... ¡que querías asesinar a una mujer! (Le sujeta el brazo.)
Serafín.—¡Lucila!
Lucila.—¡Baja la voz!... ¡Sí, asesinarla!
Serafín.—¡Tengo derecho!
Lucila.—¿Derecho a matar? ¡A matar a una mujer! ¿porque no te quiere?... ¡Mentira!
Serafín.—Suelta.