Lucila.—No quiero. Ten paciencia. Alguna vez en la vida hay que oir a la razón, aunque moleste. El hombre, no tié derecho a matar a una mujer, nunca, Serafín, nunca; ni aunque le engañe. Así, en redondo. ¡Ni aunque le engañe!
Serafín.—¡Bueno, déjame en paz! Tú eres una chica que no sabes lo que hablas.
Lucila.—¿Que no sé lo que hablo? ¿que no tengo razón?... Bueno, conformes; pero si yo no la tengo, menos la tienen esos chulos indecentes que te aconsejan y que porque llevan un pantalón ceñido y unos tufos repeinaos, se creen amos de las mujeres y jaleándose unos a otros arrean por el mundo, haciendo cisco a toda la que se les resista. ¡Pero, eso sí, cuando ellos se cansan de una mujer, entonces, chito! Pa eso son los amos. La pisotean y ahí queda eso. ¡A la basura!... ¡Ole los valientes! ¿Quién defiende eso?... ¿Quién? ¡porque si lo dice la justicia, reniego de ella! ¡y si lo dicen los hombres, los hombres que dicen eso, no son hombres, Serafín! ¿Queréis que la mujer sea una esclava?... bueno; pero entonces lo menos que se pué hacer es dejarla que escoja la cadena que más le guste. ¿No te parece?
Serafín.—Yo no sé de eso que me dices; pero oye, Lucila, (Con amargura.) ¿cómo vive uno viendo su querer en otros brazos?
Lucila.—¡Ay, mu remalamente, chico! Eso sí que lo sé yo por esperencia.
Serafín (Sorprendido.)—¿Tú?
Lucila.—¡Yo!... ¿Te paece raro, verdá? Pues sí, Serafín; yo, he querido a un hombre más que a mi vida.
Serafín.—¿Pero tú?
Lucila.—Más que a mi padre; más que a náa en el mundo. ¡Y él, ni agua!
Serafín.—¡No se lo habrás demostrao!