Serafín.—¿Quién?

Balbino.—¡Tú!

Serafín.—¿Yo?

Balbino.—¡Tú!

Lucila.—¡Padre, por Dios!

Balbino.—¡Me da la gana decirlo! No está la nochecita pa miramientos; conque trae esa navaja, (Se la quita del bolsillo.) y arrea pa tu casa.

Serafín (Resistiéndose.)—¡Tío!

Balbino (Amenazador.)—Y cállate, si no quiés llevarte el melón en rajas; que lo menos que podemos pedirte es que sufras tú por esa, lo que ésta ha sufrido por ti, ¡conque andando!

Serafín.—¡Es que me llamarán cobarde!

Balbino.—Te aguantas. ¡Más vale paecer cobarde que ser asesino de mujeres! ¡Esa sí que es cobardía!... Y además, mira... (Aparecen en el fondo Carmen y Valeriano, cogidos del brazo muy juntos, hablándose amorosamente al oído. Quedan parados.)