Prudencio.—¿Por qué?

Máximo.—¡Porque quié que lo trasladen al Hospital!

Prudencio.—¡Exagere usté una miaja! (Mira el reloj.) ¡Recontra, las once y cuarto y esos dos sin venir! ¡Qué habrá pasao! ¡Estoy de nervioso que no sé cómo no he degollao a este hombre! (Llamando.) ¡Acacio!

Acacio.—¿Mande usté?

Prudencio.—Oye, ponte a la puerta y mira a ver si vienen el señor Polinio y el señor Pepe el Carpanta, que tardan y tengo el alma en un hilo.

Acacio.—Güeno. (Sale a la puerta y mira a ambos lados de la calle. El señor Máximo, durante los anteriores apartes, se ha secado la cara que le habrá lavado Prudencio y se mira al espejo.)

Prudencio (Cogiendo el pulverizador.)—¿Refrescamos con colonia?

Máximo.—No, no quiero eso.

Prudencio.—¡Hombre lo siento!

Máximo.—¿Por qué?