Prudencio.—Porque me quita usté la única satisfacción que puedo tener como republicano: pulverizar a un guardia de orden público. (Peinándole.)

Máximo.—¡Guasón! Lo que he notao es que me has hecho dos cortecitos mu decentes.

Prudencio.—Señor Máximo, no le choque a usté; ¡me ha pillao usté en un día terrible de nervioso que estoy!

Máximo.—¿Pues qué te pasa?

Prudencio (Quitándole el paño, sacudiéndolo y doblándolo.)—¿Que qué me pasa? (Máximo se levanta y se cepilla.) ¡Pues que hoy... (Con voz conmovida y misteriosa.) pué ser un día célebre pa mí! Que estoy esperando un recao que, de serme favorable, si el mes que viene está usté franco un día y quié usté honrarme con su amistad, se viene usté a mi hotel...

Máximo (Queda inmóvil con la pierna derecha en alto y asombradísimo.)—¡Arrea!

Prudencio.—Que ya le daré a usté las señas, y nos damos un paseo en mi automóvil, que ya le diré al Chufer que no corra.

Máximo.—Pero, ¡oye tú! ¿es que te ha caído la lotería? (Se pone la teresiana y el sable.)

Prudencio.—¡Mejor!... Sino que, hoy por hoy, no puedo ser más explicativo. ¡Y lo dicho, dicho!

Máximo (Con cara de asombro.)—¡Chico, me dejas parao!