Polinio.—Denguna. El señor Román aceta el traspaso de esta barbería por setecientas pesetas.

Acacio (Que está escuchando, en segundo término, con asombro.)—¡Recontra! ¿Qué dicen?

Pepe.—Dentro de un rato nos esperan en la taberna pa entregarte el dinero, y que firmes la escritura.

Prudencio.—¡Gracias, gracias! ¡me habéis hecho hombre! (Vuelven a abrazarse.)

Acacio (Aparte.)—¡Qué barbaridad! ¡Ha traspasao la barbería! ¡Ay, en cuanto lo sepa la señá Feliciana!

Polinio.—Güeno, y una vez ultimao el asunto, me paece que ya es hora de que me confíes tus proyectos y me digas el por qué del traspaso del Salón, ecetra, ecetra, porque el señor Pepe no me lo ha querido revelar.

Pepe.—Era la consina, hasta que estuviese hecho.

Prudencio.—Es verdá; pero ahora nada más justo. ¿Se lo revelo todo?

Pepe.—Revélaselo.

Prudencio.—Pues mira, Polinio, Dios le da a cá uno la fortuna, en una forma diferente; y a mí me la dao con mis dos hijos, la Antoñita y Casildo. Con la Antoñita, porque el día que esa criatura debute en un teatro como mono-cuplé-tanguista, la Otero va a tener que tostar cañamones, si quié atender a su susistencia.