Pepe (Asintiendo.)—¡Acordes!
Prudencio.—Y con mi Casildo, porque recortando capote al brazo y metiendo el hombro a la hora suprema, el Frascuelo era una pastilla de clorato comparao con él.
Pepe.—¡Acordísimos!
Prudencio.—Pus, güeno; (Con tono iracundo.) mi mujer, la Feliciana, celebro oscuro que no tié más horizontes que la boca del puchero, al ver que he sacao a la chica den cá la modista, y al chico de la imprenta pa atender a su educación artística, se ha empeñao en decirme que estoy loco y que esto va a ser nuestra ruina. ¿Será tozuda?
Polinio.—¿Pero tú no te achicarás?
Prudencio (Con exaltación creciente.)—¿Yo achicarme? Si Dios echa al mundo una horná de celebridades, y en esa horná metes la Patti y metes El Gordito, y me tocan a mí en clase de hijos, dicho se está que coger ambas estrellas y prostergarlas en el antro de una barbería, ¡sería un crimen, que un padre como yo, no comete!
Polinio.—¡Bien hecho!
Pepe.—Y en esto—y perdona que ataje tu palabra honrada—surjo yo con mi ejemplo. Yo era un ser vago y errante que vendía por esas calles chuletas de huerta, y que tenía una chiquilla que andaba galocheando por ahí con ramitos de violetas; pues, güeno; de la noche a la mañana, me se evadió mi hija a París, con su madre, contratá con una troupe pa bailes españoles, ayer hizo tres meses; y de una renacuaja vestía con un pinguito de falda y una criba de mantón, fíjese usté en la metramórfosis. El jueves me lo mandó. (Le enseña un retrato.)
Prudencio.—Fíjate en el retratito. ¡Mira eso!
Polinio.—¡Camará, bonita es, pero va casi en cueros!