Pepe.—Hay que azvertir que apenas ha tenío tiempo de hacerse ropa.

Polinio.—¡Ya, ya! ¿Y dice usté que aquí llevaba una faldita?

Pepe.—¡Una vergüenza!

Polinio.—¡Pues se conoce que la ha perdido!

Pepe.—Pues güeno, desde que se fué que me he dejao las patatas y vivo de guagua, ¡porque no hay mes que no me mande de ciento cincuenta a doscientos franques oro!

Prudencio.—Se conoce que lo que se ahorra en ropa pa ti.

Pepe.—Por eso le he aconsejao a éste que lo venda tóo, que se deje de esta porquería de España, que emigre con su hija a París como yo, que me voy pasao mañana, y a la vuelta de un par de años regresamos del extranjero, y ¿usté sabe esos solares de la cae de Lista, pasao un estanco que hay? ¡Nuestros hoteles!

Polinio.—¿Usté dice donde la tienda-asilo?

Pepe.—¡En la acera de enfrente!

Prudencio (Exaltado.)—¡Y yo, Polinio, deslumbrao por este ejemplo, te aseguro que es inútil que me graznen lo que quieran! Busco el aplauso, la fortuna, la gloria de mis hijos... ¡y aunque la persona que se oponga a ello me haga escabeche, mi último cuarto de kilo se saldrá del barril pa cumplimentar esta sacrosanta misión!