Prudencio.—¡Me se cae la baba! (Casildo después de saludar parsimoniosamente a lo torero, con la mano, se acerca a un espejo, se atusa los tufos con un cepillo y vuelve a ponerse el sombrero con coquetería, estirándose la chaquetilla. Carpanta, al ver que Casildo no contesta, dice con voz más alta.)
Pepe.—¿Que cómo estás? (Sigue el silencio.) (Este monumento es bastante mal educao.)
Prudencio (Sonriendo.)—No te ha oído. Estas notabilidades son así, chico; ¡no se fijan en na! (Acercándose a su hijo.) ¿De aonde vienes, hijo mío?
Casildo (Con tono desdeñoso y sin mirar a su padre.)—Del mundo.
Prudencio (Sonriente y muy complacido.)—¡Qué manera de contestar! ¿eh?
Polinio.—¿Ha madrugao?
Prudencio (Con asombro.)—¿Madrugar esa personalidaz? Que se marchó anoche a las diez y viene ahora. (Aparte y sonriendo a los dos.) (¡Las mujeres que se lo rifan!)
Polinio.—¡Ya, ya!
Prudencio (A Casildo.)—¿Vas a acostarte, hijo?
Casildo.—¡Clarinete!