Prudencio.—Y como la Feliciana no reflexiona que a estas grandes figuras hay que aguantarlas sus genialidades, me temo un esasbruto.

Polinio.—¡Natural!

Prudencio.—Y qué, ¿habéis visto qué hechuras de torero tiene? ¿Se le da un aire al Conejito, verdá?

Pepe.—¡Sí, tiene algo de Conejito... sino que más en gazapo!

Polinio.—Güeno; y volviendo a lo de enantes, respective al chico, na tengo que ojetarte, porque se ve que cuidándolo pué llegar a ser Gordito, pero por lo que toca a la chica, ¿tú crees que servirá pa chanteuse, Prudencio?

Prudencio.—¡Amos, hombre! ¿Que si servirá?... Vaya, ahora que estamos solos, ¿queréis verla y oirla pa que veais que no es pasión de padre cuando digo que es una maravilla?

Polinio.—¡Sí, hombre!

Pepe.—¡Con mucho gusto!

Prudencio.—¡Pues quitarse las telarañas! (Llamando.) ¡Acacio!

Acacio (Acercándose.)—Mande usté.