Los dos.—Somos suyos... (Saludan y se van.)
Feliciana.—Pal gato. (Saluda también muy fina.)
ESCENA VI
Prudencio, Feliciana, Acacio y el Parroquiano que, después que lo afeitan, paga y se va
Prudencio.—¡Muy bonito! (Con ira.) ¡Feliciana!
Feliciana.—¿Qué hay? (Rabiosa.)
Prudencio.—¡Como trato social eres más repelente que una manga riega!
Feliciana.—Mira, Prudencio, vamos a hablar con franqueza. ¿Tú necesitas las narices este invierno?
Prudencio.—¡Quizás que sí!
Feliciana.—Pues si no quieres desprenderte de ellas... ¡Ya me conoces! Hazme caso a mí y que acabe este desorden de casa; que acabe hoy mismo, ahora mismo, porque estoy decidía, cueste lo que cueste, a que no se lleve la trampa el peazo e pan que tenemos y a no perder por tus locuras dos hijos que me han costao muchas lágrimas y muchos dolores el criarlos. ¡Eso es!