Prudencio.—Está bien. (Cualquiera le dice ahora lo del traspasito.) Bueno, ¿y todo eso, qué viene a ser poco más o menos?
Feliciana.—Pues viene a ser que mañana vuelve Casildo a la imprenta y la chica en cá la modista. ¡Eso es!
Prudencio.—Bueno, de modo que te ostinas en que ese monumento taurómaca...
Feliciana.—¡Mentira! El chico no sirve pa torero.
Prudencio.—¿Que no sirve? (Con indignación.)
Feliciana.—¡Qué va a servir; si está la pobre criatura de cornás que lo miras por la espalda y se le ve la corbata al trasluz!... ¿Y tú crees que he criao yo a mi hijo pa colador?
Prudencio.—¿Y respetive a la Antoñita, qué?... ¿También es un guiñapo artístico?...
Feliciana.—¡La Antoñita, peor!
Prudencio.—Entonces dí, celebro oscuro, ¿pa qué le ha dao la naturaleza una voz a nuestra hija?
Feliciana.—Pa que se calle y no berrée.