Prudencio (Frenético.)—¡Feliciana!
Feliciana.—Loco, más que loco. No quieres tú a tus hijos más que yo los quiero. Pero el quererlos no es motivo pa que me ciegue y vea cosas que no son. ¿Que es fácil ser torero?... ¡Ese es tu error, Prudencio! Y no mires a los que han llegao porque Dios les dió ese don; mira a los infelices que, ciegos por la avaricia, mueren como perros en la cama de un hospital. Y por lo que toca a la chica, estás igualmente equivocao; porque una cosa es la gracia que hacen los hijos a los padres en el comedor de casa, y otra la que se necesita pa brillar en el mundo. Y sobre todo, que no, ¡vaya! ¡Que no me da la gana ver a mi hija en un tablao enseñando las carnes; porque mujer que se remangue más arriba de lo necesario pa no coger barro, será buena pal cromo de una caja e cerillas, pero no lo es pa su casa ni pa sus hijos! ¡Eso es!
Prudencio.—¡Pero ven acá, mollera vacía! Si eso fuera así, ¿por qué me dicen tóos los parroquianos que hago bien?
Feliciana.—Pues, porque personas que vienen pa un cuarto de hora y que encima te ven con una navaja en la mano, ¿pa qué te van a contrariar?
Prudencio.—¡Razonas como una sandía!
Feliciana.—Razono como una madre sensata y prudente.
Prudencio.—¿Sí, eh?... Pues ahí va mi ulti-matum. Estoy cumpliendo mi deber y argumentarme en contrario es como tomar el caldo con tenedor. Y creo haberte dicho lo suficiente.
Feliciana (Con rabia.)—¿Es decir, que no cejas?
Prudencio.—¿Cómo cejas? ¡Ni cejas ni narices!
Feliciana.—¿Es decir que te empeñas?