Prudencio.—¡Empeñao! ¡Mi hijo será diestro, mi hija divete! ¡Es mi misión!

Feliciana.—¡Tu hijo será impresor, tu hija modista! ¡Es la mía!

Prudencio.—¡Por estas te juro que no! (Junta las manos.)

Feliciana.—¡Por estas te juro que sí! (Le imita.)

Prudencio.—¡Hemos acabao! (Desde la puerta. Vase foro.)

Feliciana.—¡Usté lo pase bien! (Con ira.)

ESCENA VII

Feliciana y Acacio. Luego, Antoñita.

Feliciana (Desolada.)—¡Dios mío; pero es posible que ni reflexiones, ni amenazas, curen a este hombre de su ceguera!... ¿Y cómo voy a consentir yo que este loco, trastornao por el consejo de unos cuantos guasones, nos lleve a la miseria y a la perdición?... (Llorando.) ¡Dios mío! ¡Dios mío! (Se sienta junto al velador ocultando la cara con el pañuelo con que seca sus lágrimas.)

Acacio (Con pena.)—¡Pobre mujer!... ¡Y eso que no sabe la metá de la metá! ¡Qué dramas! ¡Amos, que yo no puedo ver esto! Una mujer traspasá por el dolor, una barbería traspasá por setecientas pesetas y un servidor traspasao... al arroyo en cuanto venga el otro amo. Si yo tuviese valor se lo relataba todo. Porque, ¿qué hago yo en la calle? Nada, que se lo digo. Allá voy. (Acercándose y con voz temblorosa.) Se... se... señá Feliciana.