Feliciana.—¿Qué te pasa?

Acacio.—Que vaya, que quió que lo sepa usté todo; que el señor Prudencio, a espaldas de usté y con objeto de allegar recursos pa irse con la Antoñita a París, le ha traspasao al señor Román, (Feliciana se levanta.) por setecientas pesetas, el presente salón con tóos los enseres, menos usté y yo, que seremos las vítimas.

Feliciana (Aterrada.)—¡Jesús! ¿Qué dices?

Acacio.—Lo que usté oye, ce por be.

Feliciana.—¡Dios mío!... ¿pero es posible?

Acacio.—Ce por be. Se lo juro a usté por la memoria de mi santa madre que está en el pueblo.

Feliciana (Exaltadísima.)—¡Basta! ¡Te creo! ¡Ese loco es capaz de todo!... ¡Me temía esto! ¡Ay, si no puedo evitarlo, nos ha perdío pa siempre! (Como tomando una resolución repentina.) ¡Acacio, la gorra, ponte la gorra!

Acacio.—¿Y qué hago?

Feliciana.—Ponte la gorra y vete corriendo a la ebanistería de mi hermano y le dices: Señor Leovigildo, de parte de la señá Feliciana que vaya usté a la barbería en seguida pa una cosa mu grave. Vuela.

Acacio.—Comprendido. Un momento. (Entra primera izquierda y sale en seguida.)