Rodríguez.—¡Voy a avisarla, que empieza ella! (Acercándose a la puerta derecha.) ¡Antoñita! ¡Antoñita! (Llamando a voces.)

Antoñita (Dentro.)—¡Voy, voy en seguida!

Prudencio.—¡Ay, Polinio, llegó el momento! ¿Qué será de nosotros?

Polinio.—¡Ánimo, Prudencio! ¡El porvenir es tuyo!

Rodríguez (Asomándose por el agujero del telón.)—¡Molina, la sinfonía! (Se oye a poco un vals al piano. Antoñita sale por la puerta de la derecha, vestida de “coupletista”, con un traje corto, verde y rosa, de muy mal gusto; lleva muchas flores en la cabeza; saca en la mano un sombrero cordobés. Viene radiante de alegría.)

Antoñita.—¡Ya estoy! ¿qué les paece a ustedes el trajecito? (Contoneándose muy satisfecha.)

Polinio.—¡Precioso! ¡Una monada! ¡Una divinidaz!...

Prudencio.—Oye, ¿no será demasiao verde pal público?

Antoñita (Enfadada por la observación.)—¡Qué va a ser! ¿Usté qué sabe? ¡Ya verá usté en cuanto me vean qué murmullo! ¡Pal teatro cosas vivas! ¡En vestir las voy a dejar a todas así!... (Empequeñecidas.)

Prudencio.—Sí, hija; si pué que tengas razón. Pero yo es que ya no veo de miedo. ¡Mira qué temblor! (Enseñándole la mano temblorosa.)