Antoñita (Enfadada.)—¡Caramba, padre! ¡pero qué pesao está usté con el miedo! ¡Jesús! que lo tuviese yo, güeno; ¿pero usté?... ¡Si sabré yo lo que va a pasar! ¡Un delirio en cuanto me vean y me oigan! y es que lo mismo me se da a mí del público este que del del Real, que el de cualsiquier lao. La cuestión pa gustar es atractivo, y desenvoltura, y cosas modernistas... ¡y déjeme usté a mí!... ¿Que todas saludan de esta manera? (Hace un saludo vulgar.) ¡Pues yo así!... (Hace un saludo raro moviendo la cabeza hacia la izquierda muy rápidamente y con una sonrisa más rara que el saludo todavía.) ¡que tié más novedad! ¡y con esto y dos o tres ademanes que ha estudiao una servidora, el público en el bolsillo de una servidora!... ¡Va usté a verlo!

Polinio (Con entusiasmo.)—¿Pero no te animas de oirla?

Prudencio.—No; si yo también estoy seguro... pero... vaya... es que...

Antoñita.—¡Paece mentira! ¡Dudar de mí!... ¡Si gusto, como gustaré, no le vuelvo a mirar a usté a la cara!... ¡Merecía usté tener una hija tonta!

Rodríguez (Acercándose.)—¡Prevenida Antoñita!

Antoñita (Preparándose.)—¡Venga ya! (Acercándose a la primera caja.)

Rodríguez.—¡Arriba el telón! (Sube el telón y se llena de luz el escenario.)

Prudencio (Casi llorando.)—¡Ay, cómo me ha herido esa luz! ¡Hija mía, Dios te bendiga!

Polinio (A Antoñita.)—¡Ánimo!

Antoñita.—¡Me sobra! (Con indiferencia.)