Inspector.—O pide perdón, o me la llevo detenida inmediatamente.

Prudencio.—¡Detenida mi hija! (Furioso.)

Antoñita (Sollozando y aterrada.)—¡Ay, no por Dios, perdón!... ¡Ay, no padre, detenida no! ¡Ay, que no me lleven, por Dios! (Se abraza a su padre como quien se refugia de un peligro.)

Prudencio.—¡No hija; me matarán antes!

Inspector.—Pues que salga inmediatamente.

Empresario.—Sí, hombre, que salga; verá usted, si no cuesta nada. (Empujando a Antoñita.)

Polinio.—Sí, hombre, es mejor, déjala. (Trata de que Prudencio suelte a su hija, que es zarandeada por unos y otros.)

Prudencio.—¡Mi hija humillada!

Antoñita.—¡Sí, señor; deje usted, padre, saldré! ¡Después de todo, he faltao! Así no se me llevarán, ¿verdá? ¡Que suban el telón! ¡Ay, sostenerme! (Desfallecida, sin poder casi andar.)

Rodríguez.—¡Arriba el telón! (Sube el telón.)