Repollo.—Sí (Muy seco.)
Prudencio.—¿Pues qué pasa?
Repollo (A Ciruqui.)—(Díselo en frazmentos. ¿No?)
Ciruqui.—(Sí.) (Titubeando.) Pué lo que pasa es que... Casirdo ¿sabe osté?... pué ha toreao esta tarde.
Prudencio.—¡Mi hijo! ¿Ha toreao? (Muy alegre.)
Repollo (Con tristeza.)—Un ratito.
Ciruqui.—Y como Casirdo e como e, que ya sabe osté como e, dijo dise, puesto que esta noche drebuta mi hermaniya, si le digo a mi pare que atoreo, le doy un día de acongojo... ¡y se lo cayó er probetiyo!
Prudencio.—¡Pobre hijo mío! (Con cara radiante.) Y qué, ¿habrá quedao como los ángeles? (Los toreros se miran.)
Ciruqui.—¿Como los ángeles? (Mira al cielo.) ¡Por ahí, por ahí!
Repollo (Mirando al cielo también.)—¡Más arto!