Prudencio (Cambiando en gesto de terror la expresión alegre de su cara.)—¡Recontra! ¿Qué decís?
Antoñita.—¡Ay mi Casildo! (Llora.)
Prudencio.—¡Ay mi hijo! ¡Ay, Ciruqui, habla! ¿Muerto?... ¿herido?... (Interroga con ansia horrible.)
Ciruqui.—Una mijita meno. Carmarse.
Repollo.—¡Cuéntalo tó!
Prudencio.—Sí, cuenta, cuenta... (Impaciente.) ¿qué le ha ocurrido?
Ciruqui.—Pos na... fué en su segundo. Era un berrendo en negro, gordo, de Palha... ¡Palha tenía que ser! ¡Mardita sea su casta, que le tengo yo un asquito a esos bichos!... Coge Casirdo los trastos, se va ar toro, y ar da er quinto pase, lo empitona, se lo sacude, ¡y a la armósfera!
Prudencio.—¡Dios mío!
Antoñita.—¡Qué horror!
Ciruqui.—Y esto sería a las cinco y media... güeno, pos no le gorvimo a ve hasta las ocho y cuarto.